Normas para golpear Junio 20, 2009
Posted by giselgh in Deportes, Educación, Juegos.trackback
Atiendo con mi mirada a la chica que ofrece números de lotería de la Cruz Roja. A su alrededor docenas de niños juegan simultáneamente un torneo de 3×3 de básquet. Entre la algarabía de frases, gritos y ánimos de los allí presentes, me llama la atención una que, no por su cortedad, controla su rabia: “No le pegues en la cara”.
Reconozco la gran sabiduría, o quizás experiencia práctica de otros pasados violentos, que encierra la frase. Quiero volverla a reproducir: “No le pegues en la cara”. Claro, me digo. Es una norma local del padre del jugador que avisa, ¿a su hijo?, de esa regla tan importante. Es mejor pegarle en el culo, en el estómago, o en partes más blandas si se me apura, pero nunca en la cara que puede llegar a quedar un horroroso moratón. Por lo menos es un padre con normas.
Las reglas son queridas, aunque no lo reconozcamos, porque nos da más tiempo libre y nos permite dedicarnos a otra cosa que no sea el tener que decidir si algo debe hacerse o no. El padre del jugador de básquet tiene su santoral de normativas adaptadas a su ser. Las normas locales de cada uno nos permiten sentir serenidad ante los aconteceres no deseados. La víctima que recibe un golpe fuera de la zona de la cara puede tener también un padre con sus propias normas locales. No sé. Una buena norma local defensiva sería la de devolver el golpe por partida doble y en dos zonas diferentes.
Las primeras reglas nos llegaron a partir de la ética y de un llamado “sentido común”. El cómo se formaron dichas pautas de conducta es algo que no se sabe con exactitud. Me quedo con la más que interesante Mitología. Pienso en una especie de dioses que se reunieron para enunciar aquello que más nos convenía. (En entornos más terrenales, las reuniones emisoras de leyes o normas para otros siguen vigentes). Al final se tamizan con el misterioso proceso del “sentido común” al que casi nadie osa ofender y que suele darnos también paz y tranquilidad en momentos de zozobra.
En tiempos de guerra también hay un buen morir. No, no, no. No se puede matar ni tener cautivos si no se siguen los convenios de Ginebra y la Haya. “¡Los matamos a todos!” Si, pero con todas las garantías. ¡Ah, bueno!, ¡Bien!, ¡Vale!
En tiempos de paz, los duelos en defensa del honor también seguían su reglamentación. Maté, si, pero de frente, como los hombres, nunca por la espalda. ¡Ah! ¡Bueno! Entonces me quedo más tranquilo y podré seguir durmiendo.
Pienso en la bondad de las normas que hacen que no sintamos remordimientos en ciertas acciones. Quien puede negar el aspecto suavizador de conciencias de la “legítima defensa”.
Vuelve a mi mente el padre, el hijo, pero no sus espíritus. El grito del “hombre” prohibiéndole el golpeo de una cara. La misma, objeto de la prohibición, que mira al energúmeno levantando el puño para darle bien dado. ¡Qué quieres! Me alegro por tres partidas: El niño no pegó, la cara no sufrió, el padre no vio quebrantada su norma sagrada. Pero el partido se perdió. Claro. Eran otras normas.



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