El avioncito Diciembre 30, 2008
Posted by giselgh in Aprendizaje, Cuentos, Juegos, Personal.trackback
Sirva la presente para informarles de los hechos acaecidos el pasado 25 de Diciembre por la mañana en el “Parque de los Árboles Enanos” de la localidad mencionada en la cabecera y de los cuales fui testigo directo.
Alrededor de las diez de la mañana se presentó El Sr. Cornel con un niño pequeño (¿su hijo?), llevando en sus manos un artilugio de colores que, a primera vista, tenía una forma incierta. A todo esto, debo decir que el cielo estaba despejado y lucía un hermoso sol, por lo que la visibilidad era perfecta y sólo mi mala vista impedía que pudiese ver correctamente lo que se traían entre manos.
Como viene siendo habitual, y siguiendo sus instrucciones, me encontraba yo sentado en un banco de dicho parque y a cierta distancia para pasar desapercibido.
Cuando me puse las gafas adecuadas, pude constatar que el mencionado aparato no era otra cosa que un avión hecho de materiales endebles y una especie de mando, en forma de pistola, con una antena que parecía hacer la función de un control remoto. Es por ello que llegué a la conclusión de que “Papa Nöel” había traído al niño semejante artilugio y deseaba probarlo en el parque en el que nos encontrábamos. En la fotografía 1 se puede ver el aparato mencionado.

Fotografía 1. El avioncito visto desde arriba
Después de unos rápidos comentarios al niño, entiendo que instructivos, se procedió a las pruebas señaladas consistentes en lanzar el avioncito por parte del Sr. Cornel y el intento de control del vuelo por parte del niño. Digo intento de control porque las primeras pruebas fueron un desastre, siendo el aparato constantemente damnificado mediante golpes contra el suelo que hacían rechinar mis dientes por el daño empático que sentía por el pobre artilugio.
Como complemento a la presentación de los hechos les diré que en ese instante, además del Sr. Cornel, su presunto hijo y un servidor, había dos parejas de hombre – perro paseando por los alrededores, los cuales se pararon a prudencial distancia para poder contemplar mejor las idas y venidas del avioncito martirizado. Aunque ningún elemento material era de mi propiedad y, por tanto, nada podía perder, debo decir que temía que el aparato acabase en el estómago de uno de los canes.
No pasaron ni cinco minutos desde que comenzó todo y el niño ya sabía hacer piruetas con la máquina voladora, siendo la delicia del personal allí presente que seguía embelesado mirando lo que ya eran claramente volteretas y tirabuzones dignos del más diestro de los pilotos.
Fue en ese momento cuando apareció un individuo; bien, el individuo que, con su conducta, ha provocado que en día tan señalado me haya visto obligado a redactar este informe, siendo esta circunstancia la primera vez que le ocurre a un servidor.
El individuo en cuestión, de raza negra, se unió también a los improvisados espectadores, pero a diferencia de éstos, tomó asiento en uno de los bancos que quedaban libres. Su piel era muy oscura y vestía muy correctamente. Me atrevo a decir que llevaba prendas y calzados completamente nuevos por la gran prestancia de su aspecto. Completaba su indumentaria con unas gafas, corrientes diría yo, y un aparato de música que tenía escondido en uno de los bolsillos de su chaqueta (deducción realizada por el hecho de que de allí salían unos auriculares que tenía insertados en ambos oídos)
Nadie podía esperar que, poco tiempo después, ocurriría el lamentable accidente que precipitó la cadena de acontecimientos que intento narrar en el presente informe.
Sobre las diez y veinticinco de la mañana el avión, en uno de sus vuelos alegres, se quedó enganchado por la hélice en las hojas finas de una palmera de más de cinco metros de altura. Estoy convencido de que se estarán preguntando acerca del origen del nombre, “Parque de los Árboles Enanos”, si las palmeras y resto de elementos arbóreos que allí habitan son de gran altura. Preguntado a un nativo unos días antes, comentó que hacía unos veinte años el alcalde del pueblo vendió a una ciudad norteamericana, de nombre imposible de pronunciar, todos los arbolitos, enanos entonces, y que eran de una belleza y singularidad sin par. Con el dinero se hicieron dos partes: Por un lado, comprar árboles grandes y baratos para tapar de nuevo los agujeros que dejaron los enanitos y por el otro, un ingreso bancario en una cuenta corriente del mencionado individuo para tapar otro tipo de agujeros.
Después de algunos intentos infructuosos por parte del Sr. Cornel de salvar el avioncito de las garras de la palmera utilizando el mando a distancia, ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no doy potencia al motor, decidió realizar una llamada telefónica a una niña de unos doce años (¿su hija?) si bien en aquellos momentos ignoraba a quien llamaba pero al ver aparecer a una niña de dicha edad con dos palos de escoba y varios alambres – nervio mantenedores de formas de los “store – cortinas” es por lo que ahora puedo decir que era a ella a quien avisaba por teléfono.
Sobre las once menos veinte el Sr. Cornel comenzó un proceso de montaje de los palos (para hacerlos más largos) mediante la unión de uno con el otro con cinta adhesiva escolar. Después de varios intentos, consiguió que se mantuvieran erguidos con ciertas garantías aunque la altura en la que se encontraba era todavía harto insuficiente para el propósito de salvación del avión que barruntaba. En ese preciso instante me percaté que ya hacía cierto rato que los paseadores de perros habían desaparecido debido a, entiendo yo a todas luces, la falta de elementos excitantes en el entorno inmediato. En cuanto al hombre de color, al que llamaré Gerónimo para abreviar, también se había desentendido de la situación y se había tumbado, todo lo largo que era, en el banco. No parecía que fuese por necesidad, esto es, que tuviera horas de sueño perdidas y que hubiese pasado la noche en vela. Más bien era por puro placer de sentir los rayos de sol sobre su cuerpo en una fría mañana de Diciembre.
Una vez los palos de la escoba estuvieron unidos, el Sr. Cornel procedió a unir los alambres soporta – store- cortinas de la forma que se indica en la fotografía 2 y 3.
Preparados todos los elementos para su unión, procedió el Sr. Cornel con la introducción de los alambres en uno de los palos de escoba y rematando la faena con más cinta adhesiva.
A partir de ese momento varios fueron los intentos, todos infructuosos, de conseguir golpear el avión con el alambre que, debido a su exceso de longitud, se curvaba hacia un lado o al otro pareciendo más bien las palmas, ramitas de olivo y demás elementos susceptibles de ser ondeados en la entrada triunfal de Jesucristo a Jerusalén.
Después de varios minutos de constante provocación de vergüenza ajena por parte del Sr. Cornel, dio éste la alternativa a su ¿hija? en los vaivenes palmeros del alambre siendo el éxito obtenido muy similar al del padre.
Quizás fuese ese el motivo por el que, de forma repentina y sin mediar palabra, Gerónimo se levantó del banco y, con paso decidido, se dirigió hacia del Sr. Cornel. Le cogió las herramientas de pesca de altura así como la cinta adhesiva y comenzó a repasar el trabajo hecho. La cara del Sr. Cornel era similar a aquella que se nos queda cuando el profesor de matemáticas, después de habernos dado todas las ayudas posibles, se da cuenta de que no vamos a ser capaces de resolver la ecuación de dos incógnitas que ha planteado y que ya no debemos pasar más tiempo en la pizarra. Esa cara, al oír las palabras “Va, siéntate” era calcada a la del Sr. Cornel cuando Gerónimo le quitó de las manos sus preciosas varas y palos. Pero eran facciones dóciles que cambian inmediatamente a cierta satisfacción cuando observó que todo el trabajo que había realizado no iba a ser infructuoso si no que solamente iba a ser mejorado por manos más diestras que las suyas.
Una vez Gerónimo hubo terminado sus rectificaciones en las herramientas, se subió a una mesa de “picnic” que había cerca de la palmera donde el avión seguía enganchado y comenzó de nuevo el vaivén del alambre, si bien en este caso fue mucho menor ya que utilizó alguno de ellos que el Sr. Cornel había desechado inicialmente y que ahora parecía dar a los útiles de pesca mucho más cuerpo.

Fotografía 3. Detalle de juntas de palos de escobas en serie. Obsérvese que en la primera fase, las varillas no están unidas al nervio central como debería.
Después de cuatro o cinco intentos (fracasados), se bajó de la mesa y miró la punta del alambre la cual intentó doblarla, desistiendo de ello al poco tiempo (Creo que incluso se hizo daño). En ese momento me percaté que los paseadores de perros habían vuelto a aparecer, como por arte de magia, de algún recóndito reducto del parque. Parecía que el tiempo se había detenido y que los que estábamos allí, como meros espectadores, aguantábamos la respiración. Gerónimo desapareció entre unos matorrales.
Esos momentos fueron peligrosos para mi misión puesto que estaban siendo utilizados, sobre todo por el Sr. Cornel, para otear su horizonte próximo y el éxito que estaba teniendo el proceso de Gerónimo (los paseadores de perros iban aumentando en número). Yo intenté pasar desapercibido mediante el movimiento de cabeza cansino y mostrando un objetivo incierto.
Cuando todos nos mirábamos inquisidores, creyendo estar en el derecho de solicitar de los otros que hiciéramos algo para que pasara alguna cosa, apareció de nuevo Gerónimo desde los arbustos que lo tapaban con una ramita en la mano que, después de deshojarla y quitarle pequeñas raíces, procedió a colocarla en la punta del alambre en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Para mantener la ramita bien sujeta se hizo valer de nuevo de la cinta adhesiva quedando al final la punta como la fotografía 4 muestra.
Subido de nuevo en la mesa de “picnic” procedió a los intentos de pescar el avión desde las alturas como si de una trucha se tratara, colocando lo que a todos los efectos era un anzuelo ancestral que se iba acercando a su presa lentamente para, en ese momento, mediante una estirada seca, esperar que la rama que hacía de anzuelo se enganchara en el avión y lo arrastrara hasta el suelo. Este acontecimiento no tuvo lugar hasta el sexto intento y fue seguido de una gran ovación por parte del público allí asistente.
Pude observar, gracias a mis gafas de ver de cerca, que el Sr. Cornel no estaba pasando un buen momento y que se vio como obligado a darle muchas veces las gracias así como el niño pequeño que le acompañaba.
El Sr. Cornel quiso dar una pequeña propina a Gerónimo pero éste se negó en redondo y sólo la gran insistencia en ello consiguió por fin doblegar al exitoso pescador. Ignoro la cantidad que le ofreció aunque no debería ser mucha ya que no observé ningún billete si no únicamente monedas.
Por todo lo comentado anteriormente y no negando todos los méritos que el Sr. Cornel tiene (nada más fácil que leer su currículum), debo desaconsejar su contratación en la Compañía. Este juicio de desaprobación es debido al “Síndrome del monstruo con los pies de barro”. Puede poseer muchos conocimientos científicos, filosóficos o psicológicos pero la base, el sentido común, el saber hacer cotidiano no lo tiene nada desarrollado o lo tiene totalmente abandonado. Estoy convencido que este señor, por el mero hecho de que existen calculadoras, ya no sabe operar manualmente con los cálculos básicos. Es posible que pudiese traducir el manual del avión, poner pilas, estudiar métodos de vuelo y ser capaz de manejar un pelotón de operarios, pero no entender que para poder pescar un avión en las alturas se debe habilitar en la punta un gancho como el que Gerónimo diseñó, es algo tan inaceptable como no saber multiplicar por la unidad seguida de ceros.
Es por ello que ruego tenga a bien realizar las gestiones oportunas para dar por finalizado este proceso de selección y me considere disponible para el siguiente proyecto de seguimiento.
Reciba un cordial y afectuoso saludo.
Consultor de Zona Número 5



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